miércoles, 23 de octubre de 2013

RELATOS: "UN SEÑOR VESTIDO DE NEGRO"


Un señor vestido de negro




Relator: Rafael Romero. 
Edad: 86 años.
Lugar: Rechiniga, en las salinas – Boyacá.
Escritor: Oscar Alonso Mora Romero.

Cuenta mi abuelito que él a la edad de los 10 años le tocó empezar a trabajar para ayudar al sustento del hogar, puesto que era el mayor de 5 hermanos.

Su trabajo era ayudar a enganchar la leña, que se transportaba en atados, por una polea que colgaba de una cuerda gruesa y resistente, que atravesaba grandes distancias, en una vereda lejana llamada Rechiniga, en las salinas.

Cuando terminó su trabajo le pagaron una parte en dinero y otra con un bloque de sal que él amarró debidamente y la cargó a sus espaldas para regresar a su pueblo, sabiendo el esfuerzo que tenía que realizar puesto que el camino de regreso sería de dos días, a buen paso.

Llegando a cierta loma se sentó a descansar cuando vio que venía un señor, impecablemente vestido de negro, muy elegante y con zapatos finos recién lustrados y le preguntó:
- ¿Muchacho para dónde va?

Mi abuelo le contestó:
- Por hoy, voy hasta la posada más cercana a comer y pasar la noche.

- Bueno, – contestó el señor – entonces nos acompañamos.

Siguieron caminando, pero el señor siempre detrás de mi abuelo conservaba una distancia, de más o menos 10 metros, cuando mi abuelo paraba a descansar, el señor también lo hacía, cuando mi abuelo volteaba a mirarlo él siempre miraba para otro lado, por lo tanto le era difícil observar bien su cara, pero mi abuelito alcanzó a notar debajo de ese sombrero, de alón grande, unos bigotes enormes y una sonrisa amenazadora.

Ya noche llegaron a la posada y luego de comer se acostaron a dormir, pero siempre este señor  daba la espalda a las personas y cuando hablaba su voz era escalofriante.

Al día siguiente mi abuelo inició su camino nuevamente y lo mismo hizo el señor, quien siguió como el día anterior, a prudente distancia detrás de mi abuelo.

Cuando descansaban el señor nunca miraba de frente a mi abuelo. Así pasó el día y mi abuelo muy cansado con el bloque de sal le rendía cada vez menos.

Se hizo de noche y ya iban a llegar a la última posada cuando el señor le dijo:
- Muchacho, le doy 10 veces lo que vale ese bloque de sal, déjelo por ahí botado y acompáñeme porque tengo que seguir caminando.

Mi abuelo cansado y asustado le contestó:
- No señor, no puedo.

El señor le insistió acercándosele:
- Es que tengo que llegar al Cocuy antes de la medianoche, vamos que yo le pago lo que me pida.

Mientras hablaba mi abuelo lo pudo mirar de frente y le vio unos ojos como brasas, se asustó tanto que apenas pudo decir:
- No señor, estoy muy cansado y aquí me quedo.


Como ya iban entrando a la posada el señor se quedó afuera, mi abuelo entró tembloroso y asustado, de pronto oyeron que los perros se abalanzaron latiendo ruidosamente contra algo o alguien, pero también en ese mismo momento, los tres perros empezaron a quejarse de manera escalofriante, entrando a la casa a esconderse en los rincones, todos se asustaron, cerraron las puertas y se pusieron a rezar, porque concluyeron que ese era el diablo, por la forma en que los perros se habían asustado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Muchas gracias, espero seguir contando con su apoyo.