Un señor vestido de negro
Edad: 86
años.
Lugar: Rechiniga,
en las salinas – Boyacá.
Escritor:
Oscar Alonso Mora Romero.
Cuenta mi abuelito que él a
la edad de los 10 años le tocó empezar a trabajar para ayudar al sustento del
hogar, puesto que era el mayor de 5 hermanos.
Su trabajo era ayudar a
enganchar la leña, que se transportaba en atados, por una polea que colgaba de
una cuerda gruesa y resistente, que atravesaba grandes distancias, en una
vereda lejana llamada Rechiniga, en las salinas.
Cuando terminó su trabajo le
pagaron una parte en dinero y otra con un bloque de sal que él amarró
debidamente y la cargó a sus espaldas para regresar a su pueblo, sabiendo el
esfuerzo que tenía que realizar puesto que el camino de regreso sería de dos
días, a buen paso.
Llegando a cierta loma se sentó
a descansar cuando vio que venía un señor, impecablemente vestido de negro, muy
elegante y con zapatos finos recién lustrados y le preguntó:
- ¿Muchacho para dónde va?
Mi abuelo le contestó:
- Por hoy, voy hasta la
posada más cercana a comer y pasar la noche.
- Bueno, – contestó el señor
– entonces nos acompañamos.
Siguieron caminando, pero el
señor siempre detrás de mi abuelo conservaba una distancia, de más o menos 10 metros , cuando mi
abuelo paraba a descansar, el señor también lo hacía, cuando mi abuelo volteaba
a mirarlo él siempre miraba para otro lado, por lo tanto le era difícil
observar bien su cara, pero mi abuelito alcanzó a notar debajo de ese sombrero,
de alón grande, unos bigotes enormes y una sonrisa amenazadora.
Ya noche llegaron a la posada
y luego de comer se acostaron a dormir, pero siempre este señor daba la espalda a las personas y cuando
hablaba su voz era escalofriante.
Al día siguiente mi abuelo
inició su camino nuevamente y lo mismo hizo el señor, quien siguió como el día anterior,
a prudente distancia detrás de mi abuelo.
Cuando descansaban el señor
nunca miraba de frente a mi abuelo. Así pasó el día y mi abuelo muy cansado con
el bloque de sal le rendía cada vez menos.
Se hizo de noche y ya iban a
llegar a la última posada cuando el señor le dijo:
- Muchacho, le doy 10 veces
lo que vale ese bloque de sal, déjelo por ahí botado y acompáñeme porque tengo
que seguir caminando.
Mi abuelo cansado y asustado
le contestó:
- No señor, no puedo.
El señor le insistió
acercándosele:
- Es que tengo que llegar al
Cocuy antes de la medianoche, vamos que yo le pago lo que me pida.
Mientras hablaba mi abuelo lo
pudo mirar de frente y le vio unos ojos como brasas, se asustó tanto que apenas
pudo decir:
- No señor, estoy muy cansado
y aquí me quedo.
Como ya iban entrando a la
posada el señor se quedó afuera, mi abuelo entró tembloroso y asustado, de
pronto oyeron que los perros se abalanzaron latiendo ruidosamente contra algo o
alguien, pero también en ese mismo momento, los tres perros empezaron a
quejarse de manera escalofriante, entrando a la casa a esconderse en los
rincones, todos se asustaron, cerraron las puertas y se pusieron a rezar,
porque concluyeron que ese era el diablo, por la forma en que los perros se
habían asustado.
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