El bobito Eustaquio
Relator:
Edilsa Romero de Puentes.
Edad: 56 años
Lugar: Panqueba
– Boyacá.
Escritor:
Libia Carmenza Romero.
En la vereda Guitarrilla hace
muchos años vivía una familia que era rica, dueña de muchas tierras, tenían una
casa grande y bonita, con muchos sirvientes, entre ellos había un bobito que el
dueño de la casa había recogido, y que por llevar bastante tiempo con ellos ya
había aprendido y realizaba algunos quehaceres dentro de la casa, ayudando y
colaborando en lo que pudiera, porque aunque fuera bobo él notaba el cariño y
la generosidad de los que allí vivían, y así compensaba la comida y el vestido
que le daban.
Pero entre todos había un
joven, hijo del patrón, que siempre se burlaba de él, le hacía muecas y lo
imitaba de la peor manera para que los demás se rieran de él.
Eustaquio, que así se llamaba
el bobito, aunque se ofendía disimulaba su rabia y se aguantaba, porque quien
lo hacía era un miembro de la familia que lo tenía en su casa.
Pasaba el tiempo y Eustaquio
ya iba a cumplir los cincuenta años cuando empezó a enfermarse, hasta que se
agravó y se rindió a cama. Como todos lo
querían, todos se preocupaban por su bienestar, trajeron al médico, a un
hierbatero, le compraron y le suministraron las drogas e infusiones ordenadas,
pero a pesar de que todos estaban pendientes y solícitos, Eustaquio murió, murió
tranquilo y agradecido con todos por lo que le habían brindado
desinteresadamente en esa casa.
Se hizo el respectivo velorio
y se fueron al pueblo al entierro. El patrón le dijo al joven:
- Mijo, vamos acompañemos a
darle una cristiana sepultura al bueno de Eustaquio.
El joven orgulloso y
despectivo le contestó:
- Vayan ustedes, yo que voy a
ir al entierro de ese bobo.
Su padre lo reprendió y le
dijo que entonces cuidara la casa, porque no sabían a que hora regresarían. Así
fue, todos se marcharon, y cuando se hizo noche, el joven se fue para su
habitación para descansar, dejando una vela prendida por si acaso se ofrecía
algo, el sueño lo venció y quedó profundo.
Al rato lo despertaron unos
ruidos en el corredor, no le prestó atención puesto que en la casa habían unos
grandes perros que cuidaban y en ese momento estos estaban tranquilos.
Se acomodó en su abrigada
cama cuando sintió que la puerta de su habitación se abría lentamente. Entonces
pensó: “Ya regresaron, debe ser mi mamá que está revisando todo”. Cuando sintió
que alguien se sentaba en el borde de su cama, abrió los ojos pesadamente y
quedó sentado con el pelo erizado y la boca abierta, era Eustaquio quien le
decía:
- Joven, joven porque no fue
al entierro del bobo Eustaquio.
Este sin poder articular
palabra se arrinconó en su cama. Eustaquio se levantó y entonces empezó a hacer
las boberías que el joven hacía para ofenderlo, en medio de carcajadas lo
miraba y lo invitaba a hacer lo mismo que él estaba haciendo.
La escena era espeluznante a
la luz de la vela. Eustaquio brincaba, cantaba y daba vueltas mostrando un
trapo rojo y viejo que siempre tenía amarrado en la cabeza.
El joven no aguantó más, se
desmayó y así lo encontraron los demás cuando regresaron. Al otro día cuando
volvió en sí, contó lo que le había pasado. Luego bajó al pueblo y con un ramo
de flores se dirigió al cementerio donde de rodillas pidió perdón, por todo, al
bobito Eustaquio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Muchas gracias, espero seguir contando con su apoyo.