miércoles, 23 de octubre de 2013

RELATOS: "EL BOBITO EUSTAQUIO"


El bobito Eustaquio

Relator: Edilsa Romero de Puentes.
Edad: 56 años
Lugar: Panqueba – Boyacá.
Escritor: Libia Carmenza Romero.

En la vereda Guitarrilla hace muchos años vivía una familia que era rica, dueña de muchas tierras, tenían una casa grande y bonita, con muchos sirvientes, entre ellos había un bobito que el dueño de la casa había recogido, y que por llevar bastante tiempo con ellos ya había aprendido y realizaba algunos quehaceres dentro de la casa, ayudando y colaborando en lo que pudiera, porque aunque fuera bobo él notaba el cariño y la generosidad de los que allí vivían, y así compensaba la comida y el vestido que le daban.

Pero entre todos había un joven, hijo del patrón, que siempre se burlaba de él, le hacía muecas y lo imitaba de la peor manera para que los demás se rieran de él.

Eustaquio, que así se llamaba el bobito, aunque se ofendía disimulaba su rabia y se aguantaba, porque quien lo hacía era un miembro de la familia que lo tenía en su casa.

Pasaba el tiempo y Eustaquio ya iba a cumplir los cincuenta años cuando empezó a enfermarse, hasta que se agravó y se rindió a cama.  Como todos lo querían, todos se preocupaban por su bienestar, trajeron al médico, a un hierbatero, le compraron y le suministraron las drogas e infusiones ordenadas, pero a pesar de que todos estaban pendientes y solícitos, Eustaquio murió, murió tranquilo y agradecido con todos por lo que le habían brindado desinteresadamente en esa casa.

Se hizo el respectivo velorio y se fueron al pueblo al entierro. El patrón le dijo al joven:
- Mijo, vamos acompañemos a darle una cristiana sepultura al bueno de Eustaquio.

El joven orgulloso y despectivo le contestó:
- Vayan ustedes, yo que voy a ir al entierro de ese bobo.



Su padre lo reprendió y le dijo que entonces cuidara la casa, porque no sabían a que hora regresarían. Así fue, todos se marcharon, y cuando se hizo noche, el joven se fue para su habitación para descansar, dejando una vela prendida por si acaso se ofrecía algo, el sueño lo venció y quedó profundo.

Al rato lo despertaron unos ruidos en el corredor, no le prestó atención puesto que en la casa habían unos grandes perros que cuidaban y en ese momento estos estaban tranquilos.

Se acomodó en su abrigada cama cuando sintió que la puerta de su habitación se abría lentamente. Entonces pensó: “Ya regresaron, debe ser mi mamá que está revisando todo”. Cuando sintió que alguien se sentaba en el borde de su cama, abrió los ojos pesadamente y quedó sentado con el pelo erizado y la boca abierta, era Eustaquio quien le decía:
- Joven, joven porque no fue al entierro del bobo Eustaquio.

Este sin poder articular palabra se arrinconó en su cama. Eustaquio se levantó y entonces empezó a hacer las boberías que el joven hacía para ofenderlo, en medio de carcajadas lo miraba y lo invitaba a hacer lo mismo que él estaba haciendo.

La escena era espeluznante a la luz de la vela. Eustaquio brincaba, cantaba y daba vueltas mostrando un trapo rojo y viejo que siempre tenía amarrado en la cabeza.

El joven no aguantó más, se desmayó y así lo encontraron los demás cuando regresaron. Al otro día cuando volvió en sí, contó lo que le había pasado. Luego bajó al pueblo y con un ramo de flores se dirigió al cementerio donde de rodillas pidió perdón, por todo, al bobito Eustaquio.


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