miércoles, 23 de octubre de 2013

RELATOS: "LA MUÑECA DE ROSITA"

La muñeca de Rosita





Relator: Lastenia Carrillo (q.e.p.d).
Lugar: Panqueba – Boyacá.
Escritor: Libia Carmenza Romero.

Rosita era una niña hermosa, sus ojos azules como el cielo, y su cabello rubio que le caía ensortijado sobre sus hombros, eran la admiración de todos los vecinos.

Pero su tez pálida y su delgado cuerpecito a veces parecía o demostraba que estaba muy enferma.

Y así era desde que nació, sufría unos ataques que la hacían convulsionar y retorcerse de una manera que daba lástima.

Después de estos quedaba quieta con la mirada extraviada y votando babaza por su boquita.

Sus padres de escasos recursos poco habían podido hacer por ella, se limitaban a cuidarla y a darle algunos pequeños caprichos que ella solicitaba.

Como no pudo asistir a la escuela, todos los días a la hora que se iban y a la hora que los niños regresaban se asomaba a la ventana de su casa para mirarlos y decirles adiós.

Cierto día su papá tuvo que viajar a la capital y a su regreso le trajo a Rosita una hermosa muñeca, de la cual ella se encariño y se encaprichó de manera tal que no la dejaba en ningún momento.

Estaba en el pueblo un hierbatero muy renombrado y sus padres como pudieron le pagaron la consulta con él, quien le recetó un remedio amargo y espeso, que dizque la curaría de su penosa enfermedad.

Todos los días su madre muy dedicada se levantaba a administrarle la dosis recomendada.

Pero como era tan feo Rosita siempre formaba problemas para no tomárselo, y si se lo tomaba, luego lo vomitaba, por lo tanto así nunca se mejoraría.

Su madre desesperada le dijo:
- Si no se toma el remedio le voto esa muñeca.

Para Rosita esto fue terrible, por lo tanto, como no pensaba tomarse el remedio fue y buscó un sitio donde esconderla.

Y lo encontró rápido en un hueco o ahujada que quedaba de los maderos que colocaban para hacer las paredes de tapia pisada, por el lado del solar de la casa la metió allí y la tapó con unas piedras.

Siguió pasando el tiempo y Rosita empeoraba cada día más, los ataques eran más fuertes y seguidos, su cuerpo se enflacaba cada días más, pero en cualquier rato que se sentía mejor iba al escondite de su muñeca, la sacaba, la abrazaba y acariciaba y luego la volvía a dejar bien segura.

Un frío día Rosita murió, todo el pueblo lamentó su partida, acompañaron a la familia y la consolaron por tan grande pérdida. Poco a poco la familia se fue reponiendo.

Cierta noche cuando todos dormían, se oyeron unos lamentos suaves, la madre se despertó pero no prestó atención.

A la noche siguiente y a la misma hora escuchó los mismos lamentos, la señora salió al patio, pero en ese momento todo pasó. Así siguieron muchas noches y ella con la inquietud le comentó a los vecinos quienes dijeron también haber escuchado.

Una noche a la señora le pareció que esa voz era la de Rosita, entonces sintió miedo y llamó a su esposo, cuando salieron juntos el lamento se volvió llanto, un llanto inconsolable y si era el de su hija.

A pesar del amor que le profesaban les dio miedo, mucho miedo, porque era imposible lo que estaban oyendo.

Y siempre lo que hacían era ponerse a rezar. Todos inclusive los vecinos ya sabían a que hora en la noche empezaba el llanto que no dejaba dormir a nadie y que siempre venía del solar.

Unas señoras desesperadas por esta situación fueron a hablar con el sacerdote del pueblo, quien muy intrigado vino a visitar a los padres de Rosita y a charlar con ellos para averiguar el porqué de esta situación, a lo que ellos no pudieron dar explicación.

Al otro día regresó el sacerdote con su vestimenta de oficiar misa y con mucha agua vendita. Se dirigieron al solar en compañía de muchos vecinos, rezando y cantando, mientras el cura esparcía el agua bendita preguntó:
- ¿Dónde se siente más fuerte el llanto?

El padre de Rosita le indicó el lugar y allí se acercaron todos. Cuando el papá de Rosita se recostó contra la pared sin querer empujó una de las piedras que estaban en el hueco, entonces sin que nadie las tocara empezaron a caer una a una las piedras, hasta que apareció la muñeca.

La madre de Rosita se arrodilló llorando y le explicó al sacerdote que esa era la adoración de la niña.

Sin pensarlo dos veces este cogió la muñeca y seguido por todos se dirigió al cementerio y en medio de oraciones y agua bendita, colocó la muñeca sobre la tumba de la niña.


Desde ese día todo volvió a la normalidad, no más llantos, no más miedos, porque todos entendieron que Rosita lloraba por su muñeca.

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