La muñeca de Rosita
Relator:
Lastenia Carrillo (q.e.p.d).
Lugar: Panqueba
– Boyacá.
Escritor:
Libia Carmenza Romero.
Rosita era una niña hermosa,
sus ojos azules como el cielo, y su cabello rubio que le caía ensortijado sobre
sus hombros, eran la admiración de todos los vecinos.
Pero su tez pálida y su
delgado cuerpecito a veces parecía o demostraba que estaba muy enferma.
Y así era desde que nació,
sufría unos ataques que la hacían convulsionar y retorcerse de una manera que
daba lástima.
Después de estos quedaba
quieta con la mirada extraviada y votando babaza por su boquita.
Sus padres de escasos
recursos poco habían podido hacer por ella, se limitaban a cuidarla y a darle
algunos pequeños caprichos que ella solicitaba.
Como no pudo asistir a la
escuela, todos los días a la hora que se iban y a la hora que los niños
regresaban se asomaba a la ventana de su casa para mirarlos y decirles adiós.
Cierto día su papá tuvo que viajar
a la capital y a su regreso le trajo a Rosita una hermosa muñeca, de la cual
ella se encariño y se encaprichó de manera tal que no la dejaba en ningún
momento.
Estaba en el pueblo un
hierbatero muy renombrado y sus padres como pudieron le pagaron la consulta con
él, quien le recetó un remedio amargo y espeso, que dizque la curaría de su
penosa enfermedad.
Todos los días su madre muy
dedicada se levantaba a administrarle la dosis recomendada.
Pero como era tan feo Rosita
siempre formaba problemas para no tomárselo, y si se lo tomaba, luego lo
vomitaba, por lo tanto así nunca se mejoraría.
Su madre desesperada le dijo:
- Si no se toma el remedio le
voto esa muñeca.
Para Rosita esto fue
terrible, por lo tanto, como no pensaba tomarse el remedio fue y buscó un sitio
donde esconderla.
Y lo encontró rápido en un
hueco o ahujada que quedaba de los maderos que colocaban para hacer las paredes
de tapia pisada, por el lado del solar de la casa la metió allí y la tapó con
unas piedras.
Siguió pasando el tiempo y
Rosita empeoraba cada día más, los ataques eran más fuertes y seguidos, su
cuerpo se enflacaba cada días más, pero en cualquier rato que se sentía mejor
iba al escondite de su muñeca, la sacaba, la abrazaba y acariciaba y luego la
volvía a dejar bien segura.
Un frío día Rosita murió,
todo el pueblo lamentó su partida, acompañaron a la familia y la consolaron por
tan grande pérdida. Poco a poco la familia se fue reponiendo.
Cierta noche cuando todos
dormían, se oyeron unos lamentos suaves, la madre se despertó pero no prestó
atención.
A la noche siguiente y a la
misma hora escuchó los mismos lamentos, la señora salió al patio, pero en ese
momento todo pasó. Así siguieron muchas noches y ella con la inquietud le
comentó a los vecinos quienes dijeron también haber escuchado.
Una noche a la señora le
pareció que esa voz era la de Rosita, entonces sintió miedo y llamó a su
esposo, cuando salieron juntos el lamento se volvió llanto, un llanto
inconsolable y si era el de su hija.
A pesar del amor que le
profesaban les dio miedo, mucho miedo, porque era imposible lo que estaban
oyendo.
Y siempre lo que hacían era
ponerse a rezar. Todos inclusive los vecinos ya sabían a que hora en la noche
empezaba el llanto que no dejaba dormir a nadie y que siempre venía del solar.
Unas señoras desesperadas por
esta situación fueron a hablar con el sacerdote del pueblo, quien muy intrigado
vino a visitar a los padres de Rosita y a charlar con ellos para averiguar el
porqué de esta situación, a lo que ellos no pudieron dar explicación.
Al otro día regresó el
sacerdote con su vestimenta de oficiar misa y con mucha agua vendita. Se
dirigieron al solar en compañía de muchos vecinos, rezando y cantando, mientras
el cura esparcía el agua bendita preguntó:
- ¿Dónde se siente más fuerte
el llanto?
El padre de Rosita le indicó
el lugar y allí se acercaron todos. Cuando el papá de Rosita se recostó contra
la pared sin querer empujó una de las piedras que estaban en el hueco, entonces
sin que nadie las tocara empezaron a caer una a una las piedras, hasta que
apareció la muñeca.
La madre de Rosita se
arrodilló llorando y le explicó al sacerdote que esa era la adoración de la
niña.
Sin pensarlo dos veces este
cogió la muñeca y seguido por todos se dirigió al cementerio y en medio de
oraciones y agua bendita, colocó la muñeca sobre la tumba de la niña.
Desde ese día todo volvió a
la normalidad, no más llantos, no más miedos, porque todos entendieron que
Rosita lloraba por su muñeca.
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