Desarrollo de las habilidades comunicativas, disfrutando y aprovechando la presencia viva del saber de los abuelos.
lunes, 28 de octubre de 2013
miércoles, 23 de octubre de 2013
RELATOS: "UN SEÑOR VESTIDO DE NEGRO"
Un señor vestido de negro
Edad: 86
años.
Lugar: Rechiniga,
en las salinas – Boyacá.
Escritor:
Oscar Alonso Mora Romero.
Cuenta mi abuelito que él a
la edad de los 10 años le tocó empezar a trabajar para ayudar al sustento del
hogar, puesto que era el mayor de 5 hermanos.
Su trabajo era ayudar a
enganchar la leña, que se transportaba en atados, por una polea que colgaba de
una cuerda gruesa y resistente, que atravesaba grandes distancias, en una
vereda lejana llamada Rechiniga, en las salinas.
Cuando terminó su trabajo le
pagaron una parte en dinero y otra con un bloque de sal que él amarró
debidamente y la cargó a sus espaldas para regresar a su pueblo, sabiendo el
esfuerzo que tenía que realizar puesto que el camino de regreso sería de dos
días, a buen paso.
Llegando a cierta loma se sentó
a descansar cuando vio que venía un señor, impecablemente vestido de negro, muy
elegante y con zapatos finos recién lustrados y le preguntó:
- ¿Muchacho para dónde va?
Mi abuelo le contestó:
- Por hoy, voy hasta la
posada más cercana a comer y pasar la noche.
- Bueno, – contestó el señor
– entonces nos acompañamos.
Siguieron caminando, pero el
señor siempre detrás de mi abuelo conservaba una distancia, de más o menos 10 metros , cuando mi
abuelo paraba a descansar, el señor también lo hacía, cuando mi abuelo volteaba
a mirarlo él siempre miraba para otro lado, por lo tanto le era difícil
observar bien su cara, pero mi abuelito alcanzó a notar debajo de ese sombrero,
de alón grande, unos bigotes enormes y una sonrisa amenazadora.
Ya noche llegaron a la posada
y luego de comer se acostaron a dormir, pero siempre este señor daba la espalda a las personas y cuando
hablaba su voz era escalofriante.
Al día siguiente mi abuelo
inició su camino nuevamente y lo mismo hizo el señor, quien siguió como el día anterior,
a prudente distancia detrás de mi abuelo.
Cuando descansaban el señor
nunca miraba de frente a mi abuelo. Así pasó el día y mi abuelo muy cansado con
el bloque de sal le rendía cada vez menos.
Se hizo de noche y ya iban a
llegar a la última posada cuando el señor le dijo:
- Muchacho, le doy 10 veces
lo que vale ese bloque de sal, déjelo por ahí botado y acompáñeme porque tengo
que seguir caminando.
Mi abuelo cansado y asustado
le contestó:
- No señor, no puedo.
El señor le insistió
acercándosele:
- Es que tengo que llegar al
Cocuy antes de la medianoche, vamos que yo le pago lo que me pida.
Mientras hablaba mi abuelo lo
pudo mirar de frente y le vio unos ojos como brasas, se asustó tanto que apenas
pudo decir:
- No señor, estoy muy cansado
y aquí me quedo.
Como ya iban entrando a la
posada el señor se quedó afuera, mi abuelo entró tembloroso y asustado, de
pronto oyeron que los perros se abalanzaron latiendo ruidosamente contra algo o
alguien, pero también en ese mismo momento, los tres perros empezaron a
quejarse de manera escalofriante, entrando a la casa a esconderse en los
rincones, todos se asustaron, cerraron las puertas y se pusieron a rezar,
porque concluyeron que ese era el diablo, por la forma en que los perros se
habían asustado.
RELATOS: "EL BOBITO EUSTAQUIO"
El bobito Eustaquio
Relator:
Edilsa Romero de Puentes.
Edad: 56 años
Lugar: Panqueba
– Boyacá.
Escritor:
Libia Carmenza Romero.
En la vereda Guitarrilla hace
muchos años vivía una familia que era rica, dueña de muchas tierras, tenían una
casa grande y bonita, con muchos sirvientes, entre ellos había un bobito que el
dueño de la casa había recogido, y que por llevar bastante tiempo con ellos ya
había aprendido y realizaba algunos quehaceres dentro de la casa, ayudando y
colaborando en lo que pudiera, porque aunque fuera bobo él notaba el cariño y
la generosidad de los que allí vivían, y así compensaba la comida y el vestido
que le daban.
Pero entre todos había un
joven, hijo del patrón, que siempre se burlaba de él, le hacía muecas y lo
imitaba de la peor manera para que los demás se rieran de él.
Eustaquio, que así se llamaba
el bobito, aunque se ofendía disimulaba su rabia y se aguantaba, porque quien
lo hacía era un miembro de la familia que lo tenía en su casa.
Pasaba el tiempo y Eustaquio
ya iba a cumplir los cincuenta años cuando empezó a enfermarse, hasta que se
agravó y se rindió a cama. Como todos lo
querían, todos se preocupaban por su bienestar, trajeron al médico, a un
hierbatero, le compraron y le suministraron las drogas e infusiones ordenadas,
pero a pesar de que todos estaban pendientes y solícitos, Eustaquio murió, murió
tranquilo y agradecido con todos por lo que le habían brindado
desinteresadamente en esa casa.
Se hizo el respectivo velorio
y se fueron al pueblo al entierro. El patrón le dijo al joven:
- Mijo, vamos acompañemos a
darle una cristiana sepultura al bueno de Eustaquio.
El joven orgulloso y
despectivo le contestó:
- Vayan ustedes, yo que voy a
ir al entierro de ese bobo.
Su padre lo reprendió y le
dijo que entonces cuidara la casa, porque no sabían a que hora regresarían. Así
fue, todos se marcharon, y cuando se hizo noche, el joven se fue para su
habitación para descansar, dejando una vela prendida por si acaso se ofrecía
algo, el sueño lo venció y quedó profundo.
Al rato lo despertaron unos
ruidos en el corredor, no le prestó atención puesto que en la casa habían unos
grandes perros que cuidaban y en ese momento estos estaban tranquilos.
Se acomodó en su abrigada
cama cuando sintió que la puerta de su habitación se abría lentamente. Entonces
pensó: “Ya regresaron, debe ser mi mamá que está revisando todo”. Cuando sintió
que alguien se sentaba en el borde de su cama, abrió los ojos pesadamente y
quedó sentado con el pelo erizado y la boca abierta, era Eustaquio quien le
decía:
- Joven, joven porque no fue
al entierro del bobo Eustaquio.
Este sin poder articular
palabra se arrinconó en su cama. Eustaquio se levantó y entonces empezó a hacer
las boberías que el joven hacía para ofenderlo, en medio de carcajadas lo
miraba y lo invitaba a hacer lo mismo que él estaba haciendo.
La escena era espeluznante a
la luz de la vela. Eustaquio brincaba, cantaba y daba vueltas mostrando un
trapo rojo y viejo que siempre tenía amarrado en la cabeza.
El joven no aguantó más, se
desmayó y así lo encontraron los demás cuando regresaron. Al otro día cuando
volvió en sí, contó lo que le había pasado. Luego bajó al pueblo y con un ramo
de flores se dirigió al cementerio donde de rodillas pidió perdón, por todo, al
bobito Eustaquio.
RELATOS: "LA MUÑECA DE ROSITA"
La muñeca de Rosita
Relator:
Lastenia Carrillo (q.e.p.d).
Lugar: Panqueba
– Boyacá.
Escritor:
Libia Carmenza Romero.
Rosita era una niña hermosa,
sus ojos azules como el cielo, y su cabello rubio que le caía ensortijado sobre
sus hombros, eran la admiración de todos los vecinos.
Pero su tez pálida y su
delgado cuerpecito a veces parecía o demostraba que estaba muy enferma.
Y así era desde que nació,
sufría unos ataques que la hacían convulsionar y retorcerse de una manera que
daba lástima.
Después de estos quedaba
quieta con la mirada extraviada y votando babaza por su boquita.
Sus padres de escasos
recursos poco habían podido hacer por ella, se limitaban a cuidarla y a darle
algunos pequeños caprichos que ella solicitaba.
Como no pudo asistir a la
escuela, todos los días a la hora que se iban y a la hora que los niños
regresaban se asomaba a la ventana de su casa para mirarlos y decirles adiós.
Cierto día su papá tuvo que viajar
a la capital y a su regreso le trajo a Rosita una hermosa muñeca, de la cual
ella se encariño y se encaprichó de manera tal que no la dejaba en ningún
momento.
Estaba en el pueblo un
hierbatero muy renombrado y sus padres como pudieron le pagaron la consulta con
él, quien le recetó un remedio amargo y espeso, que dizque la curaría de su
penosa enfermedad.
Todos los días su madre muy
dedicada se levantaba a administrarle la dosis recomendada.
Pero como era tan feo Rosita
siempre formaba problemas para no tomárselo, y si se lo tomaba, luego lo
vomitaba, por lo tanto así nunca se mejoraría.
Su madre desesperada le dijo:
- Si no se toma el remedio le
voto esa muñeca.
Para Rosita esto fue
terrible, por lo tanto, como no pensaba tomarse el remedio fue y buscó un sitio
donde esconderla.
Y lo encontró rápido en un
hueco o ahujada que quedaba de los maderos que colocaban para hacer las paredes
de tapia pisada, por el lado del solar de la casa la metió allí y la tapó con
unas piedras.
Siguió pasando el tiempo y
Rosita empeoraba cada día más, los ataques eran más fuertes y seguidos, su
cuerpo se enflacaba cada días más, pero en cualquier rato que se sentía mejor
iba al escondite de su muñeca, la sacaba, la abrazaba y acariciaba y luego la
volvía a dejar bien segura.
Un frío día Rosita murió,
todo el pueblo lamentó su partida, acompañaron a la familia y la consolaron por
tan grande pérdida. Poco a poco la familia se fue reponiendo.
Cierta noche cuando todos
dormían, se oyeron unos lamentos suaves, la madre se despertó pero no prestó
atención.
A la noche siguiente y a la
misma hora escuchó los mismos lamentos, la señora salió al patio, pero en ese
momento todo pasó. Así siguieron muchas noches y ella con la inquietud le
comentó a los vecinos quienes dijeron también haber escuchado.
Una noche a la señora le
pareció que esa voz era la de Rosita, entonces sintió miedo y llamó a su
esposo, cuando salieron juntos el lamento se volvió llanto, un llanto
inconsolable y si era el de su hija.
A pesar del amor que le
profesaban les dio miedo, mucho miedo, porque era imposible lo que estaban
oyendo.
Y siempre lo que hacían era
ponerse a rezar. Todos inclusive los vecinos ya sabían a que hora en la noche
empezaba el llanto que no dejaba dormir a nadie y que siempre venía del solar.
Unas señoras desesperadas por
esta situación fueron a hablar con el sacerdote del pueblo, quien muy intrigado
vino a visitar a los padres de Rosita y a charlar con ellos para averiguar el
porqué de esta situación, a lo que ellos no pudieron dar explicación.
Al otro día regresó el
sacerdote con su vestimenta de oficiar misa y con mucha agua vendita. Se
dirigieron al solar en compañía de muchos vecinos, rezando y cantando, mientras
el cura esparcía el agua bendita preguntó:
- ¿Dónde se siente más fuerte
el llanto?
El padre de Rosita le indicó
el lugar y allí se acercaron todos. Cuando el papá de Rosita se recostó contra
la pared sin querer empujó una de las piedras que estaban en el hueco, entonces
sin que nadie las tocara empezaron a caer una a una las piedras, hasta que
apareció la muñeca.
La madre de Rosita se
arrodilló llorando y le explicó al sacerdote que esa era la adoración de la
niña.
Sin pensarlo dos veces este
cogió la muñeca y seguido por todos se dirigió al cementerio y en medio de
oraciones y agua bendita, colocó la muñeca sobre la tumba de la niña.
Desde ese día todo volvió a
la normalidad, no más llantos, no más miedos, porque todos entendieron que
Rosita lloraba por su muñeca.
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